El Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga, y la Biblioteca Pública Gabriel Turbay.

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BIBLIOBÚS, programa Móvil, llegamos a Colegios y a sectores ruralesdonde no hay Biblioteca Pública.

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"Leer y escribir por medios digitales" Ver: http://alfabetizaciondigitalbucaramanga.blogspot.com

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Alfabetización Digital para Instituciones Educativas.

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BIBLIOBÚS y Hogares de Madres Comunitarias.

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Promoción de lectura con Madres Comunitarias

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Programa Móvil de lectura en familia.

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Los niños leen para los adultos.

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La unión familiar a través del libro.

Escritores Piedecuestanos reciben homenaje de los Estudiantes Sede D - Instituto Luis Carlos Galán

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Una mañana conmovedora, donde los niños de primaria exclamaron: ¡Acá leemos y conocemos a nuestros autores regionales.

29/11/08

Cuentos y poesías ganadores y finalistas 2007


GANADOR PRIMER PUESTO CATEGORÍA POESÍA 2007.




CLAMORES

Escrita por: NUMAEL HIGUERA SILVA.

Pseudónimo: Numa.



I



Veo con tristeza cómo vuela el tiempo,

oyendo esas aves rompiendo el silencio.

que con aspas de acero asesinan el viento,

su grito de guerra suspendido en el cielo,

matando a mi pueblo su negro excremento;



II



Obligado, el labriego abandona su tierra,

que fuera en un tiempo su rica parcela,

hoy yerma, desnuda, sembrada de muerte,

cosecha que llena pueblos y ciudades

de seres inermes llorando su suerte.




III

Se mira en palacio hondear la bandera,

que nuestros ancestros colores le dieran,

amarillo el oro, abundancia, riqueza,

azul de los mares, azul nuestro cielo,

el rojo la sangre que vierte mi pueblo;




IV


nunca he visto el oro, tan solo miseria,

el cielo y los mares los surca la guerra

pero ayy qué ironía, el rojo escarlata,

hoy baña mi suelo, hoy riega la patria;

icemos bien alto una blanca bandera,

¡clamando!, florezca la paz en mi tierra.



V


¡Hasta cuándo entonces se oirán los ruegos!,

de la cruel matanza que sufre mi pueblo,

¡hasta cuándo entonces se oirá el lamento!,

del niño que muere de hambre, de enfermo,

¡hasta cuándo debemos sufrir la condena!,

hacia dónde nos quiere llevar la violencia.




AÑORANZAS.

Segundo Puesto Poesía 2007

Escrita por: Daniel Gerónimo González.

Pseudónimo: Dadá de Las Lunas.



Riela en mi alma tu recuerdo

como la luna sobre el mar...

En el silencio de mis noches

oigo tu voz aletear,

tu voz que me dice muy paso

que no me quieres olvidar...

León de Greif "Divagación Nocturna"

Mayo 1920





Húmedo deseo azaroso,

gatuno y camaleónico mi pulso oceánico,

letal el placer de labios evocados en parientes horizontes

acaso ¿calman mi sed?, o ¿sociegan mi latir?

Pálido furor si no te toco, ni te colman mis locos designios...

Ascuas que congelan elecciones;

luna que concuerda con temblores

de la sal de tu piel al derretir

cantos matutinos y anodinos

de un solista que se acuerda lo que fue

y llorando bebe a sorbos las estrellas.




Trova que se enlaza con la magia

de un osado y terrible soñador en exilio

entre rieles de jardines floridos

esparciento sus letras espumantes

salpicadas a manera de lunario

en un core de ambrosía indispensable

entre selvas de ilusiones rutinarias...

Vagabundo tejo sueños en la bruma,

en las nubes me imagino en las cimeras

confidente de un lucero solitario

oteando tu desierto, tu silueta,

encallando mi anhelo entre tus dunas;

Dilatando tus recuerdos te me escapas

como pérfida gacela azorada

en la precaria noche por feroces.

La nostalgia lustra mi pena

la vuelve hermosa y te añoro

divagando en tu desnudo continente

como lobo en plenilunio te devoro.





Finalistas POESÍA:



LLOVÍA.

Escrita por: Nicolás Rafael Reyes Amaya.

Pseudónimo: Zenón.




Eres ciego y a la vez estás muerto, calladas estaban las gotas que transitaban

por tu cuerpo.

Ayer te vi, estabas con tu lazarillo y tu guitarra, tu lamento me es tan propio

querido ciego que me llena de nauseas.




Ayer te vi, empuñaste el corazón de tu ceguera, le acariciabas con tal suavidad

que sus gritos (uno distinto al otro) derramaron el crepúsculo y lo lanzaron al

viento.



Ayer te vi, y tu dolor me atravezó con tal brutalidad que se me calelron los dientes,

tarareabas una canción que desgarró mi cara y se deslizó por mi torso para

apuñalarme el vientre, ayer te vi.



Ayer te vi querido ciego, llovia,

y estabas muerto...




VISIONES.

Escrita por: César Augusto Saavedra.

Peseudónimo: Alejandro de Samara.





Invisible lo deslizo por la oscuridad

para ojos de agua

Mi cuerpo es arrastrado por el olor de la comida

impulsado a látigos por el hambre.



Las paredes viejas huelen a humedad y a tierra

trepo por ellas

Veo una cocina nueva

de metal herido

unas olaas que resisten al fuego

unos trozos de comida abandonados.



Me deleito en el banquete de las sobras

de las cosas olvidadas

de los alimentos desechados

Me deleito en el mal olor para narices triangulares.

De repente

un intruso hace la luz,

busco refugio en cualquier sombra

impulsado por mis patas huyo del asesdino.

Sus pies gigantes golpean el suelo

y retumba como un tambor del Japón.

Veo la mirada del asesino

sus ojos sedientos de matar.

Cierro los ojos.




MI PEQUEÑO YO.

Escrita por: Andrés Julián Lozano.

Pseudónimo: Jacobo Flórez.




De niño vi morir trisemente babosas

envueltas en sal,

mientras otros reían

mi pequeño yo se acongojaba.

De niño vi lapidar iguanas

las vi caer de los árboles

y mi pequeño yo se acongojaba,

pero cuando su cola como látigo

castigaba este oprobio,

sonreía solapadamente.

De niño vi piedras volar junto a los pájaros

y mi pequeño yo se acongojaba.

También vi como el río se teñía de oscuro,

turbio de basura y lodo insano.

Vi como crecía el concreto,

casas y parques

todos de colores,

disimulando su entraña.

Fue el tiempo en que se agotó mi niñez,

pero aún guardaba mis congojas.

Entonces, desperté para ver el río reclamar su espacio,

sus aguas rituales avanzaban limpiando la tierra,

caían los muros,

se inundaban las casas y los parques grisáceos.

Ahora el lodo insano nos era devuelto a los culpables

y mi pequeño yo sonreía solapadamente...

Después me enteré,

que el agua también había lavado los cuerpos

de animales, árboles y jumanos,

y mi pequeño yo se acongojó,

pero aún sonreía solapadamente...



ESOS OJOS.

Escrita por: Juan Carlos Gómez.

Pseudónimo: Juan C.



Se parece un poco a la noche

esa manera tuya de mirarme

quieta en medio del tiempo

sonríes en el paisaje.



Tu reflejo dibuja mares

arriba en las estrellas

costas blancas infinitas

lejana imposible y en todo

en lo oscuro oculta permaneces.



En otros lugares los recuerdos

en otra habitación que no es la mía

un pasado que se parece al mío

alguien como yo se acuesta con viudas.



En diminutos pasos se mueven las cosas

lento como la luz

que se aproxima a su principio

poco podrá la muerte

mis ojos desconocen el olvido.





LA MINA.
Escrita por: Aurelio Barajas Manrique.

Pseudónimo: Proyecto Paz.



I

Tranquila y solitaria espero

en la desierta vía

para convertir de la víctima

y su sosegada vida

en un mundo mortal ¡de desespero!



II

Aunque mis predilectos son los campesinos,

además de ellos, no me importa quien cae,

si es joven o es viejo...

a veces toca conformarme

con un soldado,

un policía, un paramilitar o un guerrillero.


III

Como para matar fui construída

¡Fiel soy a ello!

Yo convierto los campos en desiertos...

Tierras de vida

en horribles sepulturas

cubiertas de heridos y muertos.

IV

No me culpes a mí de su destino.

¡Desgraciada y madita ya es mi suerte!

Culpen a quein me ha dejado en el camino,

-esperando-

para causar la muerte





EL SILENCIO DE LA LUNA.


Alexei Eduardo Vasco Campo.

Pseudónimo: Daga Milano.



Llora en el silencio un corazón perdido

ese de mi pobre campesino,

sucumbe el terror,

el desprecio y el olvido

como un lamento siniestro de una tierra sin cariño,

sufre y llora el joven, el anciano, el niño,

los pocados de una guerra sin razón ni sentido.

Qué tristeza es ver que ya todo se ha ido

y que en los campos colombianos el silencio es el camino

Has perdido la esperanza,

ya sin alma se te ve,

es la conciencia de tus hijos que se han

convertido en tu pena y no en tu fé.

Como han cambiado las cosas.

ayer era más importante amar,

hoy el odio y la venganza nos regalan lástima

Ayer lloraba el amigo por la felicidad

hoy llora el compañero, el hijo, el amigo, el hermano

por ti Colombia.




No te hundas más, no lo permitas, no dejes de soñar.

No temas a la soledad. Acaso ¿Es necesario?

es necesario que te escuchen más,

Cuan fácil es gritar en la oscuridad, ¡Grita!

Aunque sola en la noche,

se conduela de ti vigilante y muda

el silencio de la luna.



Soledad
Escrita por: Darío Morales Flórez.

Pseudónimo: Nemorosus Calvarium.

"... por un mundo de letras sin fronteras,

y sin límites para la cultura;

para que la juventud entienda que empuñando un lápiz y un papel,

más no con mano dura, se derrumban todas las barreras."


Hermosa señora de tez blanca

Sorda y muda

Monógama por defecto

A muchos tu compañía espanta

Mujer de un solo compañero

Para ti sin duda

no existe compañero perfecto

Toma mi mano

nunca me dejes soledad

Amo tu compañía

Aborrezco la de los demás

Cúbreme con tu manto

Por siempre toma mi mano

No me dejes nunca jamás

Que cuando la filosa hoja

De la OZ que la parca porta

Corte abruptamente el cordón de plata

Que mi alma une con mi templo de materia terrenal

Aún tu mano aprete la mía; hermosa soledad




MI PATRIA.

Escrita por: Andrés Avelino Basto Jiménez.

Pseudónimo: Macay.



Mi bello país, incrustado en dos mares,

reflejando imponente la grandeza de Dios,

cubierto de cimas, de monetes y valles,

de ríos, de lagos, de hombres de Dios.


El cielo que cubre el poder infinito

el sol que ilumina con gran resplandor,

el aire que llena gozoso mi patria

conversa a mi oído y al bune trovador.


Aquel campesino que lleva el arado

y prepara la tierra con un azadón,

hoy lo observamos como un desplazado

pidiendo limosna, sin una ilusión.

Yo quiero a mi patria, ¡Tuya es mi alma!

pues siempre me acoge con gran emoción,

en ella he sembrado bellas esperanzas,

y a ella le entrego: entero el corazón.







MENCIÓN DE HONOR




SOY AMIGO.

Víctor Emilio Arroyo Viana.

Pseudónimo: El Bosco.


Soy amigo de un país, del cual unos pocos

son sus enemigos, país que por desventura

¡sus enemigos y los gallinazos la visten de luto!

Soy amigo de quienes no van a la guerra...

con ellos voy tras la libertad creadora:

tienen alma buena, conciencia honrada,

poder en la palabra; no en los fusiles.

Soy amigo no de esos que instituyen el mensaje

de olvido y de violencia, si, de aquellos que cantan

un hinmo con alegría, hondean la bandera con ufanía

y siembran campos de esperanza.


Soy amigo amante de la vida

que honro sin prejuicios.

Con ella, me doy a la alegría, la pereza,

con gracia, fe, e ilusión de buenos días por siempre.

Soy amigo de la inocencia, de la flauta

que arrula al niño con tonada placentera.

¡Flautista, toca siempre para que los niños

no sufran más!

Soy amigo del pueblo fatigado

transido de dolor, ronco en su gemir...

Gente llorosa y débil que reclama

a los hostinados las vidas y las muertos.


"¡Soy amigo del ángel guardián que custodia

mi rumbo, mi libertad, mis sueños

y me aparta de la guerra en la que están muchos."!




CATEGORÍA CUENTO 2007

PROSOPAGNOSIA

PRIMER PUESTO MODALIDAD CUENTO 2007.


Escrito por: JUAN CARLOS GÓMEZ BECERRA.
Estudiante de Licenciatura y Español, 8° Semestre UIS.


Lo único que habíamos notado era el olor. La ciudad estaba contaminada, más que de un hedor infecto, de un sabor que nos poseía haciéndonos sentir podridos por dentro. No encontrábamos un lugar que apestara menos, incluso el bar, husmeaba aquel extraño olor a carne descompuesta que cubría cualquier otra sustancia agradable como la del cigarrillo o la de la cerveza. Tuvimos que salir como entramos, con la nariz tapada y aguantando la respiración, hasta encontrar de nuevo la calle donde el olor se dispersaba un poco y podíamos respirar sin tanto asco.

Resolvimos que, sencillamente, era inútil. Fuimos a la licorera donde la gorda que nos atiende siempre, salió con una especie de tapabocas que le cubría gran parte de la cara. La vimos aparecer como un fantasma, cuando lo que parecía una pared gris, comenzó por abrirse entre cabeza y manos. Dijo que había prendido algunos inciensos porque dizque ese olor la iba a matar. Le pedimos una de vodka, algunos cigarrillos y unas mentas para pasar el mal sabor de boca que el aire nos dejaba. Después fuimos donde siempre vamos: bajo un árbol nos sentamos a fumar para evitar los olores… brindamos.

Pero más tarde, no demasiado tarde, comenzaron a llegar moscas, muchas moscas y el olor se hacía cada vez más insoportable; embriagados en él, notábamos que las hojas del frondoso árbol se comenzaban a mover, era como si tuvieran alas… ¡sí eran alas!, ¡cómo dudarlo! Aterrados nos miramos y sin decir una palabra, supimos lo que estábamos pensando…

No sabían qué estaba pasando, no se explicaban, por ningún medio, la causa del hedor; la ciudad estaba plagada de insectos buitres y gusanos, naturalmente así no se podía vivir… Venían acumulando hipótesis en cuanto a lo que podría suceder si no se encontraba una solución y los resultados eran, en todos los casos, fatales. ¡Sin embargo no se preguntaron por qué no les ardía la garganta cuando el vodka bajaba! Era de saberse: no querían abrir la boca para hablar, sabían que hacerlo les costaría sentir el sabor salado de lo putrefacto… pensaban que lo mejor sería estar muertos.

Otra ronda de vodka

Las moscas se paraban en mi cabeza y en mis ojos, fácilmente se introducían en la ropa y en mis oídos, todos teníamos moscas en todos lados, ya nadie se molestaba en espantarlas, nada podía ser peor que el olor… Incluso ahora que los buitres se acercan despacio, mirándonos de reojo, sentimos que ya no importa tener carroñeros a los lados, si qué más da, ¡el olor es más insoportable!

Esto es muy extraño: ¡veo gusanos brotando de los orificios nasales de mis amigos! Ellos utilizan su ropa para sacar los mocos vivos que, poco a poco, impiden su respiración; todo es asqueroso, no hay nada que dé la sensación de alegría, de dulce, de blanco; todo es al contrario, nos consumimos como basura en una ciudad que se pudre como un muerto.

¿Otro vodkita?

Ahora pasa que un buitre se posa lentamente sobre el hombro del Campe. Pero él no hace nada por él, ya los deja como dejó primero a las moscas y después a los gusanos. Aparecen de la nada más y más buitres, el árbol vuelve a ser el esqueleto de lo que alguna vez fue un gran guayabal. Mientras espanto los que se acercan a mi lado, veo como un ojo del Campe es producto de una disputa violenta. Llega otro buitre y con su sangroso pico arrebata el objeto de la pelea; con qué facilidad se lo traga. Miro al Campe: conserva sus ojos, parece estar bien; miro a Bean: yace boca abajo. ¿Estará muerto?, me pregunto, “otro traguito”, me dice él, “otro vodkita”.

Mis amigos no se mueven, veo cómo los buitres rasgan la carne de sus cuerpos, veo al vodka teñirse de negro en un pozo de gusanos y sangre coagulada, sale un líquido verde por mis oídos y uno rojo por mi nariz, no puedo respirar: comienzo a vomitar…
Ahora los veo en el aire. Van en las garras de los buitres. Los llevan para sus crías, todos vuelan, veo sus caras insistentes, casi puedo oírlos maldecir el olor que se queda aquí conmigo…

¡Ah! No veo nada ¿quién apagó la luz?, ¿Fue un buitre? ¿Me ha quitado mis ojos...? Alguna mano me toca, alguien me va a salvar, por mi garganta sale un líquido espeso y por allí introducen el pico los que quedan… “¿Otro traguito?”



EL TERROR DE LA NOCHE
Segundo puesto Modalidad Cuento 2007.

Escrito por: Miguel Ángel Cortéz M.

Pseudónimo: "El Argentino"

Estudiante 7° Grado

Instituto Rafael García Herreros.

Corporación Minuto de Dios.




Cuando estábamos pequeños, mamá nos contaba historias de miedo como de la llorona, el mohán, la pata sola, el jinete sin cabeza y la del sombrerón, quien para nosotros es el juguetón. Le dábamos este nombre porque al verlo nos colocábamos a jugar con él y con su sombrero que era más grande que nosotros.

A la gente le causaba miedo al verlo y al escuchar la voz que salía de su boca diciendo:
— ¡Si te lo pongo te llevo! Para nosotros era un juego, él nos decía lo mismo y nosotros salíamos corriendo a escondernos debajo de la cama para que no nos atrapara.

Se preguntaran como un ser maligno se hizo amigo de nosotros. Voy a contarles como lo conocimos. Una noche mamá nos acababa de contar el cuento de sombrerón. Al terminar nos echó la bendición y nos dio las buenas noches. Habíamos quedado solos en el cuarto y empecé a hablarle a mi hermano.

— ¿Cómo se sentiría al estar al lado de él? ¿Cómo sería verlo?
Una vocecita burlona y chillona contestó:
— No deberían sentir miedo si lo tuvieran al frente.

Se me había hecho rara esa voz. No venía de mi hermano, salía de debajo de la cama. Pensé que era mi otro hermano que nos quería asustar. En ese momento me di cuenta que esa voz no era de nadie que yo conociera. Además era una voz de alguien mayor. Sentimos un poco de miedo, habíamos pensado en salir corriendo al cuarto de mamá, pero pensé y dije que era hora de defendernos nosotros mismos y eso fue lo que hicimos.

Teníamos un cuarto lleno de cosas que nos podrían servir. Mi hermano mayor cogió un bate, mi otro hermano un palo de escoba y yo una raqueta. Nos sentíamos como los tres mosqueteros, sin caballo ni reina que salvar. Solo con nuestras caseras herramientas.
Esperábamos la hora en que saliera la cosa que estaba debajo de la cama. Lo que no sabíamos era que ya estaba a nuestras espaldas.

Algo nos arrojó las cosas que habíamos tomado como armamento al piso y nos dijo,
— No tengan miedo, estoy aquí para cuidarlos.

Cuando miré hacía atrás lo vi. Era alto y tenía un sombrero más grande que nosotros. Aterrado exclamé:
— ¡Es el sombrerón!
El nos respondió.
— No me digan así. Se siente feo que la gente le diga eso a uno.
— Por su apariencia usted es igual al “Sombrerón”, el del cuento que nos relata mamá por las noches y ella dice que usted es un espanto y muy malo.
— Eso es mentira, lo único que hago es cuidarlos a ustedes de los otros cuentos.
Mi hermano mayor le dijo:
— ¿Cuáles son los otros cuentos?
Él le respondió,
— Los otros que les cuenta su mamá antes de acostarse. Esos si son malos. Estoy cansado que se me inventen historias falsas y que los niños del mundo me tengan miedo.
No sabíamos si creerle o si nos mentía. Desapareció por un rato y al regresar nos entregó un balón de fútbol.
— Este regalo es para que ustedes vean que no soy un duende malo y que quiero que seamos amigos. Los cuidaré para siempre, hasta el último día de sus vidas.

Todas las noches jugábamos con él y con su sombrero que como lo dije antes era más grande que nosotros. Ni mamá, ni nadie, se dieron cuenta de nuestro secreto. Era como un hermano mayor. Iba para todas partes a nuestro lado. Nos observaba y nos protegía. Nada malo nos pasaba y en la escuela cuando algunos niños deseaban hacernos daño o burlarse de nosotros, él juguetón como era invisible, siempre les jugaba una broma o les ponía zancadilla y jamás lograban tocarnos ni hacernos sentir mal. Teníamos a nuestro amigo duende. Con él a nuestro lado la vida era llena de risas, puesto que siempre estaba bromeando o haciendo payasadas que nos hacían reír hasta que nos dolía el estómago.

Los años pasaron muy rápido. Treinta años hemos contado en el calendario desde aquella noche que llegó a nuestra habitación y aún lo sentimos junto a nosotros. Por mi parte, me hice jugador de fútbol profesional y es él quien guía cada una de mis jugadas y me protege de los ataques de mis rivales. Me brinda su mano cuando tropiezo y hace que mis caídas no sean peligrosas, ni dolorosas. El “Juguetón” sigue siendo nuestro mejor amigo. A veces nos cuenta historias de fantasmas que él inventa para nosotros y nos trae el recuerdo de aquella madre amorosa que nos contaba de seres tenebrosos de la noche.

Tira los dados destino.

Escrito por: Jorge Andrés Monroy Quintero.
Estudiante de Historia - UIS.

Todo ocurrió a la medida de la tragedia: un cura sombrío, largos vestidos negros, el llanto incansable de los familiares más cercanos; pero hubo una sola circunstancia inusual, Dayana no había derramado una lágrima. De pie, el rostro adusto hasta el límite, la mirada fija en el ataúd caoba, Dayana no permitía que la abrazasen siquiera para darle condolencias. Era evidente que no pensaba en ese momento en su padre sino en la persona que lo había asesinado, y eso se podía leer claramente en la necesidad de venganza que llevaba atada a sus grandes ojos verdes.

Según la vaga reconstrucción de los hechos, su padre, acostumbrado a madrugar incluso los domingos para ir en bicicleta hasta un pueblo cercano en una jornada que le llevaba normalmente una hora de sudor, había sido arrollado en el cruce de una esquina solitaria por un automotor del que no se tenía todavía noticias. El cuerpo fue hallado sucio de sangre, piedras y arena tal y como era de esperarse, internamente desangrado, recostado bocabajo de manos abiertas y brazos extendidos. Solo hasta que Dayana fue a reconocerlo se supo que había sido despojado de una minúscula cadena de plata cuyo valor solo podían entender ella y su padre, pues ese había sido el regalo en su cumpleaños número cuarenta y nueve.

La manera como había ocurrido el fatídico incidente, llevó a que los policías descartaran la posibilidad de un robo e incluso de un asesinato premeditado. Luego de estudiar el caso con detenimiento, llegaron a la conclusión de que todo había sido un deplorable episodio accidental. Entonces ella tuvo que preguntarse, con justa razón, observando como su padre era introducido en el hueco de la eternidad, ¿Qué clase de persona trastornada atropella a un hombre indefenso y se detiene para robarle una simple cadenita de plata mientras lo ve morir? , una pregunta obligada, una pregunta sin respuesta, la vida pidiendo la restauración inmediata de su sentido mas esencial, la vida que había que seguir al fin y al cabo porque quedaron solas, ella y su madre, así que nadie pudo creerlo cuando la vieron salir a ganarse la vida al día siguiente del entierro. Era dueña de una voz maravillosa que nunca se había presentado en público, y de una guitarra negra un poco maltratada, pero todo cambió cuando se subió en el primer bus que le daba la oportunidad de hacer lo suyo, y los aplausos sumados al sonido incómodo del motor acelerándose terminaron por ensordecerla. Llevaba un morral, el estuche del instrumento, y un bolso azul con estrellas bordadas en el que recibía las contribuciones de la gente.

Trabajaba a jornada completa, haciendo una pequeña pausa al mediodía para almorzar. Al final de la tarde se iba sin falta a la vieja tienda del que había sido el mejor amigo de su padre, ubicada en el centro de la ciudad, donde era costumbre encontrar a diario el mismo teatro: un borracho dormido con la mesa llena de botellas vacías y dos o tres muchachos jugando en las máquinas. Se sentaba, pedía una soda, una empanada de pollo con champiñones, y se ponía a contar las ganancias que guardaba celosamente en el bolso azul con estrellas.

Ese día estaba más agotada que de costumbre, algo de dolor sentía en la espalda por la carga del morral y la guitarra. Dio una probada a la empanada y tomó un sorbo de soda. Yo estaba observándola como tantas otras veces desde el segundo piso del restaurante que funcionaba frente a la vieja tienda, asustado, nervioso, inconcebiblemente impaciente. Nunca olvidaré el instante en que su mano se introdujo en el bolso azul con estrellas, y algo se enredó entre sus dedos. Cuando ella sacó el objeto del bolso y lo reconoció, me aferré con ambas manos al mantel observando cómo ese suspiro profundo le arrancó la voz de un tajo, y quise llorar, y lloré, las lágrimas me bajaban detrás de los lentes oscuros, descendían por mis mejillas y terminaban perdiéndose en los caminos de mi barba como me había perdido yo mismo en los caminos de esta ciudad persiguiéndola, averiguando por ella y por su vida una vez la vi aquel maldito día del entierro y presentí mi desgracia de fugitivo, todo para tener por fin la oportunidad de verla ahí, a una calle de distancia, llenando de lágrimas silenciosas sus brazos extendidos en cuyas manos la cadenita de plata era acariciada con suma devoción y tristeza; viéndola vaciar el bolso en busca de algo mas, otra evidencia, y que dolor encontrar efectivamente aquel papelito blanco doblado de no importa que banco con nombre de mujer y numero de cuenta y cincuenta millones de pesos, ver que sus lágrimas como las mías se hacían mas espesas hasta que una cierta paz en el alma me ayudó a comprender por fin que todo había terminado, que había cumplido con lo único que estaba a mi alcance para al menos intentar resarcir mi error y hacer mas llevadera su desgracia; entonces me quité los guantes, sequé mis lágrimas con un pañuelo, y me largué de allí para siempre, me largué para siempre de su dolor y de su vida.


LA PELOTA DEL DIABLO

Escrito por: María del Carmen Pineda

Pseudónimo: Lucrecia.




Bogotá, la ciudad de mi infancia. Volver a recorrerte, a sentirte palpitante y viva como antes, pensaba, mientras mis pies descalzos se deleitaban con la suave caricia del pasto húmedo. ¡Cuántos años lejos! La recordaba diferente, más pequeña y tranquila, con menos contaminación.

Íbamos a iniciar una caminata por los cerros arriba del Parque Nacional, así que nos pusimos los tenis y emprendimos el camino. Carlos se amarró a la espalda el morral que contenía sus inseparables tesoros: la pelota blanca de contact que le había regalado un indigente, esa de hacer malabares rodándola por el cuerpo. Los lápices de colores. La cámara digital. El libro de turno, la libreta de apuntes y dibujos y no se que otras cosas más. Un gato negro salió de algún lugar y se nos unió a la marcha. Intentamos acariciarlo, nos miró y huyó. En la profundidad de esos ojos verdes noté algo extraño que me estremeció. No le comenté nada a Carlos por temor a su burla. Fieles al camino que se curva y serpentea, ascendimos por aquellos cerros azules, verdes, ocres, cobaltos, tierras… por aquella policromía de montaña y vegetación, de pinos silvestres, de florcillas de monte, de orejas de burro. El camino nos alejaba cada vez más de la ciudad, llevándonos más y más arriba, al fin y al cabo que estábamos casi tres mil metros más cerca del cielo y por eso tocábamos las nubes con las manos. Estábamos embriagados en las delicias de aquel pulmón de Bogotá tan ajeno a sus mismos habitantes. -¡Qué pendejos, no saben lo que tienen, se quedan ahí abajo entre el humo y el ruido! - Comentó Carlos. - Pendejos no, miedosos - Contesté yo. - ¿Y miedosos de qué? - Replicó él. -Dizque de los espantos de la montaña - Respondí yo recordando las advertencias de los vendedores de frutas del parque y echándome a reír. Carlos guardó silencio y volvió a la tarea de atrapar aquel paraíso con el lente de su cámara: piedras, pájaros, árboles, flores, nubes, chamizos, lo único que no lograban atrapar el buen ojo y los dedos firmes del fotógrafo era la imagen de nuestro misterioso gato que aparecía y desaparecía de la manera y en los lugares más insólitos.

En el mirador del Pico del Águila nos sentamos a mirar el espectáculo de una mole de cemento sin límites que se extendía lejana, allá abajo sumergida en los vapores de una contaminación grisácea y ensordecida por una loca amalgama de todos los ruidos imaginables e inimaginables. Nos sentíamos como dioses en el olimpo por encima del bien y del mal. El gato negro apareció de nuevo, asombrosamente encaramado en la rama más elevada de un árbol quemado, Carlos realizó varios enfoques en un intento fallido de atraparlo, el animal bajó del árbol, pasó delante de nosotros y desapareció por la bifurcación del camino que lleva al Valle del Silencio detrás de un grupo de caminantes. Carlos y yo decidimos seguirlos después de que algunos policías que patrullaban el camino nos aseguraron que no había peligro.

A medida que nos internábamos por el valle del silencio, el camino comenzó a estrecharse más y más, la vegetación se hacía más espesa a cada paso, ya no veíamos mas que ramas a nuestro alrededor, no se sentía un alma por allí. Estábamos completamente solos en pleno corazón de la montaña, comencé a inquietarme y le dije a Carlos: – Esta soledad espanta, regresemos -. Él dio media vuelta y contestó: - Esto es lo normal, estamos en el valle del Silencio-. Sin chistar me puse en marcha de regreso, había dado dos pasos cuando escuchamos unas pisadas como de animal grande tronchando la maleza, nos quedamos quietos a la expectativa, esperando que aquel oso, o lo que fuera se dejara ver. De pronto de entre el monte apareció un hombre descomunal y se plantó en el camino cerrándome el paso, debía medir casi dos metros y era muy corpulento, estaba vestido con una enorme chaqueta negra que le llegaba hasta las rodillas y por debajo de la cual se prolongaban las mangas de un pantalón camuflado y un par de botas negras de caucho. Tenía la cabeza cubierta con un pasamontañas que apenas permitía verle los ojos, en mi sorpresa solo atiné a decirle un – buenos días señor - que se me salió sin pensar, como un acto reflejo, producto del miedo. Al saludarlo mi mirada se estrelló con unos misteriosos ojos verdes que acrecentaron mi angustia. El hombre esperó que Carlos apareciera detrás de mí, sacó un revolver y le ordenó tirar la maleta al piso. El bajó de sus hombros el maletín con una calma pasmosa, llena de rabia e impotencia, se estaba desprendiendo de sus más preciados tesoros, de sus herramientas cotidianas, que solo tenían valor para él. Para que iban a serle útiles a aquel gigantón todos sus atrapa sueños como él los llamaba. Ordenó arrodillarnos. En aquel momento pensé que iba a matarnos, al fin y al cabo en este país no es raro encontrarse con la muerte a la vuelta de cualquier camino. Por la contextura física podía ser un para, si, eso era posible porque allá abajo había un barrio lleno de reinsertados; entonces EL miedo se transformó en terror.

Pensé que Íbamos a morir allí de una manera cruel y lenta. Me acordé de las masacres, de los torturados con cigarrillo, de los mutilados, de las motosierras. Mientras mi mente enloquecía con todas estas imágenes, el hombre se alejó un poco de nosotros sin darnos la espalda, colocó el revolver en el piso y comenzó a esculcar el maletín. Carlos con esa calma que lo caracteriza en los momentos difíciles aprovechó para tratar de convencerlo del poco valor que podían tener aquellas cosas para otro que no fuera él. La escena era cada vez más absurda. Mis nervios reventaron. Creo que grité, que grité terriblemente y en ese mismo segundo supe que debía acercarme al hombre y tomar el revolver. Mientras me movía los árboles comenzaron a danzar a mi alrededor, el hombre empezó a tirar las cosas del maletín : el libro, los colores, la cámara hasta que finalmente sus ojos se llenaron de júbilo, tenía la pelota de contact, estiró el brazo y la pelota se ubicó en el centro de aquella gigantesca mano, la dejó deslizarse lentamente, pegada al brazo, subir por el cuello, bajar por la espalda, por las piernas, por los brazos, mientras se torcía y retorcía para no dejarla caer. La voz de Carlos seguía escuchándose como un murmullo cada vez más lejano. Los árboles seguían danzando cadenciosamente, el revolver se alejó burlándose de mí. Me agarré la cabeza con las manos y rompí a llorar.

Despertamos rodeados de los policías que nos habían encontrado casi muertos en el cruce del camino que lleva al valle del silencio, a nuestro lado encontraron el maletín con casi todo, solo faltaba la pelota de contact.

De regreso pensaba en que tan creíble era aquello de que había que tenerle más miedo a los vivos que a los del más allá como decía mi abuela. Lo cierto es que en mi país la inseguridad va más allá de todo límite y que a este paraíso lo estamos volviendo infierno. En la última curva del camino, por un instante alcancé a ver un gato negro jugando con una pelota blanca.




Con Una Piedra.

Escrito por: Rafael Camargo.

Pseudónimo: Roca.

Estudiante Ingeniería de Sistemas- 3° Semestre UIS.



Las hojas tratan de caer como piedras lanzadas por un niño montado en el árbol, pero el viento que las convierte en hojas ululantes lo impide. Atrás, el humo rojo emanado por las montañas cuando el sol las quema al ocultarse, se esparce por todo el horizonte envidiando al cielo de su esplendor. Pero sólo por un momento porque mientras que el sol se oculta, opacado por la belleza del cielo nocturno, los huecos son abiertos y la imagen toma otro giro; igual de hermosa pero diferente.

El sol se detiene debajo de mí y el niño baja del árbol para ir a dormir. Detrás de los huecos la luz se enciende y otro aún más grande aparece. Me recuesto mirando hacia arriba y esta es la imagen: El viento mueve el árbol y el silencio me permite escuchar el crujir de la madera y el rompimiento de las olas del viento contra las ramas que se mueven. La luz detrás del manto negro sigue encendida y por los diminutos huecos se escapa en forma de estrella.

–Nunca he estado tan cómodo. He hecho varias veces esto y nunca antes lo había sentido así. ¿Ves esas dos estrellas de allá?

–Ajá.

–¿Y esas otras dos de allá?

–Ajá.

–Forman una cruz. Dicen que cuando uno se muere una estrella nace. Yo digo que cuando uno se muere un hueco es abierto en el cielo, un hueco nuevo para cada persona que se muera, para que la luz salga en forma de estrella. Los huecos de la cruz de Jesús. ¿Sabes cómo mataron a Jesús?

–Sí, lo crucificaron en una cruz de madera.

–No, a Jesús lo lanzaron hacia el cielo cuatro hombres y mientras daba un giro los brazos se abrieron y los pies se juntaron. En ese momento los cuatro hombres recogieron cuatro piedras pequeñas y las lanzaron fuertemente. El primer hombre le atravesó la mano derecha, que es aquél hueco de allá. El segundo hombre le atravesó los pies que estaban juntos y es el de allá. El tercer hombre falló el tiro y casi le da en la cabeza, que es aquel hueco de allá, intentó de nuevo y le atravesó la mano izquierda, que es aquel de allá.

–¿Y luego no son cuatro huecos? ¿Y el cuatro hombre?

–Claro, el cuarto hombre fue el que lo mató lanzándole una piedra a la cabeza. La piedra se le quedó allí por eso no abrió ningún hueco.

–Ah, ya. Cuando a uno lo matan los huecos se abren de aquí para allá. Pero cuando uno se muere los huecos los abren de allá para acá.

–Jajaja vas aprendiendo.

–Un poquito ¿Y quién abre los huecos de allá para acá?

–Pues es obvio que Dios. Los ángeles le mantienen un costal lleno de piedras pequeñas al lado de su trono para que las tire cuando alguien se va a morir.

–Ah, ya. Ahora entiendo. Y el que tira las piedras de aquí para allá es el diablo tratando de pegarle una pedrada a Dios.


Los dos sueltan una carcajada al unísono pero luego vuelve el silencio y la madera cruje. El sonido los asusta pero no dicen nada.


CORTA VIDA EN SOLEDAD


Escrito por: Reinaldo Martínez Duarte

Pseudónimo: Rey-nalo.

Llevo mucho tiempo tratando de explicarme, por qué me tienen encerrado. Estoy en un lugar húmedo y oscuro, escucho ruidos que me atormentan; no me dejan dormir y me producen miedo, oigo voces, no entiendo lo que dicen, hablan cosas muy raras… mi madre siempre habla, a veces sola, creo que está loca, creo que ella fue la que me encerró y no la entiendo , la escucho decir que me quiere, pero no le creo, porque si fuera así no me mantendría aquí y es que desde que tengo memoria he estado encerrado, ya no tengo recuerdos, no reconozco el rostro de los que escucho ni siquiera el de mi madre es como si nunca la hubiera visto.

A veces pienso de pronto, que he sido un mal hijo o hice algo muy malo y también pienso, que es mi madre, la perversa y me atormenta mucho eso porque entonces siento rabia y creo odiarla.

En sueños la escucho, su voz es horrible y me dice, -Audelino, quiero que seas un gran hombre, un hombre de bien, para estar siempre orgullosa de ti – entonces me pongo a pensar, será que no hay nadie que le explique a doña Clementina, que si no me saca de aquí, no podré hacer todo lo que ella sueña y de paso le haga caer en la cuenta que una buena madre no le hubiera puesto semejante nombre a su hijo.

Todo me atormenta, mis recuerdos que no recuerdo, mi memoria que no la tengo, esas voces que me transportan a una gran encrucijada, el miedo se apodera de todo mi ser y estallo en ira y me doy golpes contra las paredes, después agotado me inmovilizo y trato de hallar una explicación a toda mi angustia y no la encuentro.

Me consuelo diciéndome, que todo es un a gran pesadilla y que estoy dormido y que ya pronto despertaré y todo volverá a ser normal ¿pero...? ¿Qué es ser normal..? ¿será normal, aguantarme la cantaleta de mi madre o las borracheras de mi padre o los golpes de mis hermanos?

¿Y si no estoy dormido...? ¿estaré muerto y esto será el infierno.?.. ¿estaré aquí esperando que algo me saque y me haga pagar por todo lo que he hecho y lo que no? Pero si es así, ¿las voces que oigo...? ¿será mi conciencia que me reclama? Y entonces me hundo en otra duda… ¿Qué tan malo podrá ser un niño.?.. y mi laberinto de angustias me lleva a pensar que tal vez no sea tan niño como creo.

Lo peor de todo es que la muerte no da segundas oportunidades, que ya no hay tiempo para encaminar todo lo que por el otro camino hice, que después de muerto solo quedan los buenos recuerdos y por eso no recuerdo.

Las parcas hicieron su trabajo y yo tal vez hice el mío, la maldad como segunda piel la tuve por abrigo y sufrimientos con mucho gusto, fue lo que ofrecí a quien en mi opaco camino se atravesó.

Claro que todo no es tan malo, porque no quiero volver… la vida con la muerte es un circulo y mis oscuros sentimientos volverían a mi y la historia sería la misma, aunque nada puede volver cuando no se ha ido, sería normal que en mi interior hubiera una lucha entre sentimientos encontrados, pero no hay tal, porque sólo uno mora en mi ser y es el que me ha traído a este lugar, al que ya adopté como hogar. Perdí la cuenta de cuantas preguntas sin respuestas me he hecho, pero, tengo otra… ¿mi madre y mi familia me extrañarán? Y es que a pesar de estar en este repudiable lugar, creo que cuando salga o me saquen, lo extrañaré, por eso creo que ellos sí me extrañan…aquí he reflexionado aunque no sé que es eso, debe ser algo que va y viene como mis pensamientos o mejor mis preguntas, cuando levanto mi mirada o la bajo, da igual, porque aquí no hay arriba ni abajo, es lo mismo bajar subiendo que estar subiendo hacia abajo, quiero buscar un horizonte que no tengo… o peor… que perdí, quiero avanzar… enfrentarme a lo que me tocó, o a lo que escogí, no quiero mirar hacia atrás, aunque no hay atrás, aun sin ver no quiero mirar, solo quiero saber adonde voy, qué me espera, porque andar vagando entre mis pensamientos me enloquece, tal vez hace rato perdí la razón, la coherencia me huye… me ve como a un asesino acechando a su victima.

Nuevamente mi locura, me hace escuchar voces que parecen gritos, doña Clementina mi madre, lanza desgarradores quejidos, tal vez se acordó de mí y me extraña, la escucho diciendo a su comadre, una tal Marina, que llegó la hora y que una fuente se le rompió y ésta le contesta que va a buscar a la partera… ¿o quizás dijo pantera?... no entiendo nada… pronuncia mi disonante nombre y escucho mas voces, muchas voces y mi lecho que adopté como hogar, me estremece, todo se mueve, los ruidos son ensordecedores y siento que algo me arrastra, ahora estoy más confundido, sólo se me ocurren dos cosas, por fin le veré el rostro a la muerte, o ésta determinó darme otra oportunidad y caeré en los brazos de doña Clementina.

Josué el carpintero.


Escrito por: Carlos Enrique Báez Ardila.

Pseudónimo: Miguelito.

Estudiante 6° Semestre de Ingeniería de Petroleos - UIS.


Como todas las mañanas, Josué el carpintero tomaba su café negro y tibio, acompañado de un pedazo de pan duro y seco que a duras penas lograba masticar.

Cuando llegó a su trabajo y dio la primera cepillada a un bastón áspero y amorfo, pensó por primera vez en su vida que estaba perdiendo el tiempo, que su existencia no tenía sentido, que no merecía ese lugar, su monotonía diaria e impertinente lo llevarían al desquicio, al precipicio de la amargura, que las tardes sabatinas de jugar rana y emborracharse hasta altas horas de la noche con sus amigos, habían perdido su encanto.


Entonces su cuestionamiento de la vida se transformó en la nostalgia del olvido. Quería olvidar, quería olvidar sus matutinos tazones de café, sus correrías con amoríos de lupanares baratos, su cara de mimo triste que hacía cuando recibía la quincena que no le alcanzaba para un queso.

No terminó el bastón, se marchó sin mirar atrás, sólo se llevó su desgraciado perro, que siendo más inteligente que su amo presentía la mano de hambre que habían de aguantar juntos, pero Josué el carpintero estaba impávido a toda señal del pasado, nunca se había sentido más lúcido, más seguro de sí mismo, con unas cuantas monedas en su bolsillo subió al bus por la puerta de atrás y pagó medio pasaje, pensó que sería muy atrevido si se subía con todo y perro, así que lo mandó a la pata del bus, seguro de mirarlo por la ventana para que no se le fuera a perder.

Todo le estorbaba, el sonido de la registradora, el olor a bálsamo de las afanadas mujeres que no habían tenido tiempo de secar sus cabellos, el calor que hacía trepidar las latas del bus como si una pequeña llovizna estuviera cayendo en ese momento, su fatigado perro que no hacía más que mirarle la cara. No se pudo concentrar en lo que pensaba, hasta una cuadra antes de llegar a su casa, cuando notó que todo le era diferente, el olor a flores secas y mierda de perro del abandonado parque, el grito megafónico de la vendedora de morcillas y chorizos que se escuchaba de cuadra a cuadra, y dicen, que en ocasiones de poca venta se escuchaba hasta el otro barrio, y por primera vez vio que la biblioteca del barrio estaba concurrida, le parecía estar en otro lugar y por un momento pensó que se había equivocado de ruta; salió de su espasmo de mala memoria justamente cuando el bus pasó por el frente de su antiquísima casa de tapia pisada y piso de tierra también pisado, entonces vio a su perro corretear un gato que tenía más bigotes que pelo y que perseguía a un ratoncillo lustroso, enjuto y galgo que a su vez correteaba la miseria que flotaba en el ambiente de la casa de descascaradas paredes de cal y techo de bambúes y en donde miseria, ratón , gato y perro corrieron a esconderse detrás de la puerta cuando notaron que Josué el carpintero los estaba mirando para poder seguir jugando a las atrapadillas, no quiso bajarse, no sabía para donde ir, permaneció impávido, pétreo mirando su casa en la lontananza de un cuadro que nunca había visto. Sólo lo importunó un vendedor de mercachifles y cachivaches que ofrecía sus mercancías a cambio de la disponibilidad de corazón de los pasajeros, pensó en largarle una de las monedas que todavía le quedaban en el bolsillo, mientras el hombrecillo pasaba por los puestos tratando de aumentar el valor de la mercancía contando la vida de su angustioso pasado de riñas, navajazos y de su cantidad de hijos putativos, pero Josué el carpintero decidió guardar la moneda en el fondo de su remendado bolsillo cuando escuchó la sentencia final con la que el hombre cerró su retórica sofista “al menos estoy trabajando honradamente y no robando en los buses”-dijo-.

Al llegar a la estación y con la cabeza pegada a la ventanilla del bus no quiso bajarse, ni aún cuando el chofer con una jerga más de verdulera que de chofer lo intimidó para que se bajara, pero Josué el carpintero sin nada más que perder que su propia vida dijo –¡máteme!, máteme pero de aquí no me bajo-, sin más remedio el chofer optó por llamar a dos policías de civil, de carácter atravesado y rasgos montañeros que apenas empezaban a tomar sus frías cervezas en una de las casetas de la estación. Se dirigieron directamente a él y no amablemente le pidieron que desalojara el bus para evitar problemas. –¡Máteme!, máteme mi cabo pero de aquí no me bajo- decía mientras trataba de cerrar la ventanilla para acomodarse mejor. Los ánimos de los policías se calentaron al igual que sus cervezas en ese intercambio de amagues e insultos que sólo pudo parar el chofer cuando dijo con voz honda y acentuada, –si lo que quiere es un sitio donde pasar la noche que lo haga, al fin a nadie se le niega un techo-. Así lo hizo durante muchas noches, sólo en las madrugadas se las apañaba para bajarse por la ventanilla y hacer sus necesidades en una de las casetas de la estación y volver a subirse antes de que llegara el chofer a empezar su recorrido.

Josué El Carpintero con algo de mentiras lograba arrancar una limosna a cada uno de los pasajeros que se sentaban junto a él, sumó dinero suficiente y de sobra como para mantenerse a diario a punta de refrescos, envueltos de harina y cuanto comestible le ofrecían en los semáforos y paradas de la ciudad. Un viernes día en que se jugaba la lotería regional compró un billete de lotería para imaginarse como podría gastar el dinero del premio mayor, regaló el cambio al vendedor y guardó el billete en un bolsillo de la camisa, la idea de hacerse millonario lo perseguía, lo contagiaba, pensaba en comprar todo lo que veía, un perro, una casa, un título, un oso bailarín, una risa, una escopeta pero en ese momento ya era inmune a toda seducción del dinero, no quiso imaginar más, quería recordar, quería recordar la razón por la que había subido a ese bus, no la encontró, así que pensó que seria más fácil si encontraba una razón por la cual bajarse y tampoco apareció.

Era sábado y la mañana llegaba temprano como el chofer, el recorrido empezó lento, monótono, llovía y la mañana pintaba un raro color gris pálido, que le hizo recordar la tristeza de sus días de infancia y la neblina de la madrugada se desvanecía como su nostalgia, el bus se detuvo una cuadra antes de llegar a una tiendita de periódicos que tenia un tablerito miserable en donde se publicaban con tiza blanca los números ganadores de la lotería del día anterior, con gran sorpresa notó que su número era el ganador, pero un raro sentimiento agridulce lo invadió, no estaba feliz, sólo hasta una cuadra más adelante cuando el bus pasó por enfrente del cementerio, en donde en un ataúd pequeño y acompañado de mucha gente enterraban a un niño, sin quererlo Josué el carpintero tocó su nariz, luego tocó sus piernas y por ultimo tocó su pecho izquierdo y sintió una serie de estallidos cortos y repetidos que lo hicieron sonreír como lo hacen los enamorados en la madrugada de su primera noche de bodas, sin estarlo pensando en ese momento no sólo encontró una razón por la cual bajarse, sino una por la cual ser feliz toda su vida.

Después de veintiocho días de haber subido al bus, sin hambre, millonario y con una razón por la cual bajarse, se levantó de su silla, se sentía robusto, lúcido, férreo se acercó a la registradora, después de mirar al chofer la saltó y sacó de su bolsillo el billete de lotería y lo entregó al chofer con una sonrisa de agradecimiento, le dio las gracias y se marchó contento en dirección contraria al cementerio.

Un soldado de Colombia.



Escrito por: MAGDA LIBIS QUIROGA GARCÍA
Pseudónimo: Mami de Sol y de Luna


En la espesa y enmarañada selva, llena de espejismos de luz y de sombras, se libraba uno de los tantos combates entre las fuerzas del orden y los insurgentes que aterrorizan a todo el bendito país.

Los ojos del soldado Villareal aun estaban llenos de brillo. Su mente vuela, posándose en la mente y el corazón de su familia. Allá lo esperan y él aguarda paciente su próxima licencia.

La selva parecía consumirlos a todos, tragándoselos uno a uno, los animales preferían entonar sus cánticos para evitar presenciar tan macabra lucha. Ellos sabían que aquel no era lugar para hombres. Porque a todos la selva los engulle y los vuelve elementales, condenados a servir a aquella que los comió y no a sus propios deseos.
El soldado Villareal disparaba a los objetivos que su sudorosa vista le ponía enfrente, el corazón le latía vigorosamente sediento de victoria y de ganas de salir de aquella área misteriosa. Corría sin sentir el cansancio que le torturaba el cuerpo, resultado de dos semanas de patrullaje e intensa caminata. Otro compañero suyo, asustado al sentir bajo sus pies el latido del corazón de la selva, abandonó su puesto de lucha y su equipo, mientras corría como loco en la dirección equivocada. Villareal le lanzó un grito ahogado; continuó disparando. De pronto, la vegetación que lo rodeaba empezó a ponerse cada vez más húmeda, hasta inundarse alrededor de él. La fuerza del agua lo obligó a soltar el fusil en tanto la corriente lo arrastraba. Las voces del combate se hicieron poco a poco más lejanas e inaudibles. El militar pensó que estaba muerto. Entonces recordó a su hermano fallecido hacía tres años, también en un combate, lo vió llegar hasta él, riendo y con las manos cargando un montón de naranjas. Su sonrisa infantil le decía que volviera a montarse al árbol, porque todavía quedaban frutas allí. Villareal le hizo caso, pero de repente el vegetal se sacudió violentamente aturdido por una gélida y fugaz ventisca, arrojándolos al suelo. El militar recibió en su vientre la cabeza de Gabriel quien al levantarse no dejaba de reír en medio de su palidéz provocada por el susto. Bien sabía que nunca más lo vería, pero deseó que todo hubiera sido diferente, para ser inocente otra vez.

Una gran cantidad de agua emanaba de su boca. Despertó sin fuerzas, buscando aturdido el fusil. Sin saber cómo, se levantó y caminó despacio, cojo. El fusil y su equipo de campaña estaban bajo un árbol demasiado frondoso; tanto, que parecía irreal. De repente sintió bajo sus pies el latir del corazón de la selva. Entonces tomó el arma y disparó gritando asustado. Pero el latido no cesaba. Exhausto, Villareal decidió sentarse. Ignoraba qué hacer. Parecía que la selva quería comérselo vivo.

Después percibió un olor a dulce y de inmediato reconoció el aroma. Con estupor vió sentada a su lado a su pequeña hija Luna, que tomaba biberón sin dejar de observarlo y sin dejar de reír. “Papa” – lo llamaba-; “ cuiate mucho, tráeme una pupa”- .

Las pupilas de los ojos de aquel hombre se dilataron aterrorizadas. Aun así se inclinó para abrazar a la niña. De inmediato la imagen se esfumó y en su lugar brotaron cientos de mariposas. La conciencia de los errores cometidos en el pasado lo obligó a llorar, a desear devolver el tiempo, arrullar a Luna y comprarle Pupas, como ella solía decirle a las colombinas y en general a todo lo que pudiera comerse como a un Bom Bom Bum. Ojalá las ansias de violencia para conseguir la paz no lo consumieran tanto, para dejar de ser soldado y convertirse en un civil común y corriente. La rabia le carcomía las entrañas, porque de una vez calló sus sollozos y con su equipo al hombro, emprendió un nuevo camino.

La selva emitió un suspiro gigantesco que volvíase más intenso a medida que él avanzaba. El olor a vegetación invadió el interior de su uniforme, primero fue cálido y luego, frío. Una de sus piernas, debilitada y maltrecha tras el impacto reciente de un proyectil, casi estallaba de dolor al paso de ese frío lúgubre que palpaba cual dedos de bruja la carne del ser al que pertenecía. Parecía que la bruja fuera aquella que se posaba todas las noches sobre su pecho mientras dormitaba en la hamaca. Podría ser, aunque no importó demasiado en dichos instantes.

Villareal oyó voces. Corrió. Y vió nuevamente el combate del cual era parte. Había muertos y heridos de ambos bandos. El ensordecedor ruido del roce de las balas lo llenó de coraje y para cargar y activar el fusil una vez más. Un susurro a los oídos lo obligó a darse la vuelta. Sarai lo miraba sorprendida y le decía que llamara a su mamá, que la saludara de su parte; le decía que lo esperaba en la casa para salir a tomar un café.
Lo anterior causó cierta compasión por sí mismo, por abandonar esas cosas que de verdad valen la pena. De pronto, alguien le instó a correr.

Era imposible retroceder, ya no podía hacerse nada para redimir los obscuros instantes de su pasado, de su vida. Ya no podía, ni quería cambiar de vocación. “ Para que haya Paz, es necesaria la Guerra. Hay que darle duro a esos infelices. Estoy resignado a seguir en esto, porque no tengo futuro, cargo la lápida pegada a la espalda. Pertenezco a un mundo distinto al que vivo. No tengo sentimientos, me mataron el corazón, pero al menos soy libre, libre para continuar aquí".

Los animales no dejaban de cantar. El Sol que iluminaba tenuemente los escasos claros en medio de la espesura, fue desplazado por una lluvia feroz, la cual dejó oír detrás de su líquido manto, la carcajada aguda de la selva. Las botas de los soldados se hicieron cada vez mas pesadas. No obstante, continuaron luchando.

Villareal vió a su madre cocinando para los obreros de la finca en donde vivían, en tanto su hermano Manuel preparaba los gallos de pelea. Ojalá después de terminar todo esto, se reunieran para charlar y beber juntos varias cervezas y así intentar acallar por unos momentos los reproches de su conciencia, por sus desaciertos y los muertos dejados allá, en el campo de batalla. Por el momento no le quedó más remedio que pelear por sí mismo y una Patria libre y soberana.

La selva aprovechó y lo llamó por su nombre. Su voz semejaba un coro de Ángeles. “Vete”, -le dijo- “Aquí ya no está tu lugar. No luches contra las nuevas páginas que escribiste en cierto instante de tu vida. Exorciza la maldad que te posee a causa de tu trabajo.”-

El militar se rehusó. Miró a la indígena que le hablaba. “ Tu tienes salvación, todavía no quiero que seas mío”, replicó la selva. “ Todo este tiempo he intentado decírtelo”. Pero Villareal no escuchó la advertencia y optó por seguir a sus instintos.